Lee el siguiente fragmento de la novela Modelos de mujer de Almudena Grandes y realiza las actividades propuestas.
Es ella, ¿no se acuerdan, mi hija Marianne, la jovencita que está aquí a mi lado en esta diapositiva, la misma… A ver, voy a quitarme de delante para que la vean mejor… Claro, si ya sabía yo que la recordarían, con la de disgustos que me ha dado durante tantos años, un quebradero de cabeza perpetuo, no se lo pueden ustedes figurar, o bueno, a lo mejor sí que se lo figuran, porque si no me hubiera tocado en suerte una hija así, no seguiría viniendo yo a estas reuniones, todos los lunes y todos los jueves, sin faltar uno, en fin… Y no saben lo mona que era de pequeña, pero monísima, de verdad, una ricura de cría, alegre, dócil, ordenada, obediente. Cuando era bebé y la sacaba en su cochecito a dar un paseo por la avenida, tardaba más de media hora en recorrer cien metros, en serio, porque al verla tan gordita, tan rubia, tan sonrosada…, en resumen, tan guapa […]. De más mayorcita, en el colegio hacía todos los años de Virgen María en la función de Navidad –pero todos los años, ¿eh?, no uno, ni dos, no se vaya a creer, sino todos, ¡yo me sentía tan orgullosa!
[…]
Al llegar a la adolescencia empezó a torcerse, esa es la verdad. Antes de cumplir los veinte años, ya se había aficionado a montarme unas escenas atroces, y llegaba a ponerse como una fiera, en serio, chillando, pataleando, me hacía pasar unos bochornos espantosos, qué apuro, todos los vecinos la escuchaban, a mí me resultaba tan violento… Al final, cogía la puerta y salía sin permiso, gritando que ya estaba harta de que no la dejara hacer nada. ¡Nada! ¿Se lo pueden creer? Pues eso me decía, que no la dejaba hacer nada, y a mí me daba por llorar, porque… ¡qué barbaridad!, ¡qué ingratos pueden llegar a ser los hijos! Creo que fue entonces cuando empecé a permitirme alguna que otra copita, lo confieso, sé que no está nada bien, pero Marianne estaba ahí fuera, en la calle, rodeada de peligros y yo no podía vivir, esa es la verdad, que no podía ni respirar siquiera imaginando los riesgos que correría la niña, sola entre extraños, en locales subterráneos, ese aire mefítico, cargado de humo, y de vapores alcohólicos […]. Marianne se montaba en una moto, con la cantidad de accidentes que hay en cada esquina, y violadores. Y asesinos, y drogadictos, y extranjeros, que no hay derecho, es que no hay derecho, desde luego, sacar adelante a un ángel para condenarlo luego a vivir en el infierno, para que luego digan que la maternidad no es un drama.
Grandes, Almudena (2007). “Amor de madre”, en Modelos de mujer. Barcelona: Tusquets, pp. 125-127.
- En la oración “empecé a permitirme alguna que otra copita”, ¿por qué crees que usa el diminutivo en la palabra copita? ¿Quiere decir que la copa que se tomaba era pequeña?
- Al inicio del fragmento la protagonista nos informa de su asistencia regular a unas reuniones. Después de leer el resto del texto, ¿puedes intuir de qué tipo de reuniones se trata? ¿Por qué crees que omite el nombre?
- En el primer párrafo aparecen numerosos conectores propios del registro coloquial con el que se expresa la protagonista de la historia. Subráyalos y explica con qué fin se utilizan.
- Selecciona un fragmento del texto de Almudena Grandes que ilustre estos dos modos de discurso:
4.a) Descripción:
4.b) Narración:
- ¿Qué tipo de narrador es el que aparece en el fragmento? ¿Qué tipo de categorías gramaticales te permiten llegar a esa conclusión?
- Resume el texto atendiendo a las partes fundamentales de su estructura
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Marco narrativo |
Desarrollo de la acción |
Situación final |
- En el fragmento que acabas de leer, Almudena Grandes plasma los sentimientos de la madre de Marianne, reescribe tú esa misma experiencia, pero ahora desde el punto de vista de Marianne, la hija. Puedes utilizar, al igual que Almudena Grandes, el registro coloquial.